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Colándome en una boda india

Estaba yo tan tranquilo por Agra paseando por la ciudad con Eugenia y una viajera china que habíamos conocido cuando me llamó el Couchsurfer que me estaba hospedando. Habíamos quedado para cenar juntos por la noche y me dijo que tenía una buena noticia y una mala. Le dije que, cómo siempre, la mala primero, y me contestó que no habría cena en su casa. La buena era que no la habría porqué se había olvidado que esa noche tenía la boda de la hermana de su mejor amigo, y a la que nos invitaba a ir con él. Me quedé un poco desconcertado pero rápidamente le dije que evidentemente que sí, que íbamos en un momento hacia su casa, pues no nos lo queríamos perder por nada del mundo.Quedamos enfrente de su casa y nos lo encontramos reluciente vistiendo un bonito traje, mientras que nosotros íbamos con las pintas de turistas que llevan todo el día andando. Nos dijo que no había tiempo ni para ducharse ni para cambiarse pero que no nos preocupáramos, que tener extranjeros en tu boda es algo que da mucho caché en India y que nos tratarían como a señores igualmente.

A la izquierda, la elegante e iluminada entrada. A la derecha, uno de los tantos cocineros del self service.

 

De camino nos contó un poco cómo iba el tema. Los novios, al igual que Mark, el chico que nos hospedaba, eran musulmanes, que es la segunda religión más seguida de India.
Las bodas indias se caracterizan por durar más de un día y por contar los asistentes por centenares o incluso por miles. En este caso concreto, la boda duraría dos días y tenían tres hoteles llenos de invitados hospedándose, pues la cifra pasaba de los 2.000 asistentes.

Llegamos al sitio dónde se llevaría a cabo la celebración y, madre mía, uno podía ver rápidamente que no se trataba de una boda de clase media o baja, pues habían alquilado un terreno con césped que por dimensiones podría ser tranquilamente un campo de fútbol. Al entrar había varias largas mesas con self service de todo tipo de comida, muchas mesas con ya varias personas sentadas y al acabar un escenario con mas mesas dónde nos dijo Mark que debíamos ir, pues ésa era la sección VIP. Nos sentamos y ya teníamos a un camarero preguntándonos qué queríamos que nos trajeran. Le dijimos que nos sorprendieran y vaya si lo hicieron, minutos más tarde nos trajeron incontables platos con diferentes tipos de arroces, carnes, fideos, etc.

Niños indios vestidos para la ocasión. Y sí, aunque se esté en una boda se sigue comiendo siempre con las manos :)

 

Mientras empezamos a comer, lo que sería la primera ronda de muchas, Mark nos continuó contando. Hoy iba a ser el primer día e iban a asistir sólo los más más allegados, unas quinientas personas calculaban. Y la ceremonia consistiría en que, mientras la novia espera, el novio sería traído a ciegas por sus amigos hasta éste lugar y al llegar declararía delante de todos los más allegados que estaba decidido a casarse con la que era la mujer de sus sueños. Entonces al día siguiente, ya delante de todo el mundo, formalizarían el compromiso.

No habíamos acabado todo lo que teníamos en la mesa que ya nos trajeron varios platos llenos de dulces. Nosotros pensamos que era el postre y que no había sido para tanto, pero nada, se trataba de comer un poco de dulce para calmar la boca y el estómago de todo el picante que acababas de comer y así poder continuar hinchándote a comida.

Arriba nosotros tres con la novia. Abajo a la izquierda, la hermana de la novia. A la derecha, nosotros tres comiendo con Mark.

 

Pero nos dieron una tregua, pues la novia quería conocernos. Fuimos a la parte trasera, dónde sólo pueden entrar sus familiares cercanos para verla y allí estaba con su madre acabando de estar perfecta para el día más feliz de su vida. O en este caso, para el primer día de los dos días más felices de su vida. Vestía un vestido típico musulmán de boda, todo tipo de joyas y lo más importante, tenía ambos brazos llenos de tatuajes de henna, que creando formas perfectas en ellos, acababan de adornar lo que el vestido había empezado. Le deseamos toda la suerte del mundo, y volvimos a la mesa, dónde nos esperaban ya una decena de platos más.

Después de un buen rato sentados otra vez en esa mesa, hinchándonos de comida a más no poder, les preguntamos que si les importaba que fuéramos a dar alguna vuelta a hacer algunas fotos hasta que la celebración empezara, y nos dijeron que ningún problema. Fue sacar la cámara y que hubiera una avalancha de niños pidiendo fotos. No dábamos abasto, pues también acabaron viniendo a por fotos los hermanos mayores de éstos y varios adultos a lucir modelito de boda enfrente de nuestras cámaras.

A la izquierda, la festejada llegada del novio. A la derecha, el novio tapado momentos antes de destaparse.

 

Un poco más tarde, de golpe se empezó a escuchar mucho ruido en la entrada: el novio y su séquito habían llegado. La tradición dice que el hombre debe llegar con la cara tapada con billetes y es llevado por sus amigos y familiares más cercanos que van bailando festivamente al ritmo de los tambores que llevan los más pequeños. Saltan, se abrazan, gritan, mientras el pobre novio no ve nada de nada. El resto siguió cómo ya nos habían contado que la tradición seguía: Al llegar al altar, el novio se destapó la cara y dijo tres veces en voz bien alta que se quería casar con la chica en cuestión. Es entonces cuando la chica aparece para anunciar, bajo un cielo estrellado y lleno de fuegos artificiales, que al día siguiente se darán definitivamente el sí quiero, enfrente ya de todos todos los invitados.

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