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La magia de la ciudad de Dharamsala

La primera gran sorpresa que me llevé en el norte de India, no fue ya tanto el maravilloso templo dorado sino más bien la tranquila ciudad de Dharamsala. Si bien es cierto que no brilla tanto, ni es tan majestuosa, ni acoge a tantos personas a rezar cómo el famoso templo de Amristar, el encanto de Dharamsala se basa precisamente en que por unos días parece que no estés en India.

 

    La pequeña Lhasa

Dharamsala se divide en dos partes, la más urbanizada que se la conoce cómo Dharamsala baja y que está a 1.200 metros por encima del mar, y la otra que se encuentra a 1.700m y que se la conoce cómo McLeod Ganj. Ésta segunda es la mágica y a la que se la llama muchas veces la pequeña Lhasa, la capital tibetana, debido a que gran parte de la población son refugiados que han ido huyendo de su Tíbet natal durante las últimas décadas desde la ocupación china.

A la izquierda, las ruedas de plegaria típicas tibetanas. A la derecha, el templo del Dalai Lama.

 

Siendo así, dando vueltas por McLeod Ganj os encontraréis con sus propias escuelas, bibliotecas, monasterios, templos y tiendas que han ido construyendo con el paso del tiempo, viendo que la solución al conflicto entre Tíbet y China no parece estar próxima.
Pero claro, para que a una pequeña población se la compare con una capital de un país, debe tener quizás algo más característico del mismo cómo una representación del propio gobierno y un líder, verdad? Pues bien, eso es precisamente lo que tiene ya que la pequeña Lhasa también tiene al…

 

    Dalai Lama y el gobierno tibetano en el exilio

En 1959, pocos años después de la ocupación del Tibet por parte de las tropas chinas, el catorceavo Dalai Lama y su séquito tuvieron que exiliarse, y el por entonces Primer Ministro de India, no sólo les permitió establecerse indefinidamente en su país sino también montar un gobierno tibetano en el exilio.

Así pues empezaron las primeras construcciones de escuelas y casas, y la más importante para ellos: La del templo del Dalai Lama, dónde a día de hoy sigue residiendo cuando no tiene compromisos internacionales. Se le puede pedir una visita mandando un e-mail a su oficina y explicando el motivo, aunque con los compromisos que tiene y la gran cantidad de turistas que lo intentan es realmente difícil que os reciba.

 

Uno de los tantos retratos del Dalai Lama que nos encontraremos por Dharamsala.

 

No dejéis de visitar el Museo del Tíbet (podéis encontrar una recomendación aquí) que aportara luz a las consecuencias de la ocupación china del Tíbet sobre sus tradiciones y sobre los habitantes que siguen viviendo allí.

 

    El encanto de los tibetanos

Por más que te pueda gustar India cómo país y disfrutes el viaje por el subcontinente cómo un enano, tarde o temprano uno siempre acaba cansado a más no poder del ruido en general, de la conducción agresiva de vehículos por las calles, de que parece que compitan para ver quién toca el claxon más fuerte o de que te acosen en una tienda sí y en otra también para que les compres algo. Pues bien, el encanto especial de Dharamsala nace precisamente de ésto y es que durante el tiempo que estés allí te parecerá que te hayas ido a otro país.

 

Dos niños paseando en las inmediaciones de un templo.

 

Los tibetanos son tranquilos, callados y sonrientes, y éstas son las cualidades que se reflejan en la ciudad. Paseando por las pequeñas calles de McLeod Ganj se respira paz. No sabes bien bien porqué es, pero así es. Ver a una anciana cocinando en la calle buenísimos momos, no escuchar ningún claxon durante todo un día, cruzarte con un par de monjes que andan y conversan en voz baja con máxima tranquilidad… Son pequeñas cosas que te hacen sentirte cómodo y que esboces una sonrisa constante de oreja a oreja.

 

    La naturaleza que rodea la ciudad

Y para acabar, la naturaleza que la envuelve es increíble, aunque sabiendo que está a los pies del Himalaya ya era algo que se podía esperar. No decepcionó.

Hay pequeñas excursiones que hacer, cómo la cascada de Baghsu, el lago Dal o la catedral de Saint John in the Wilderness, que si bien es cierto que no son las mejores que habrás hecho, son lo suficientemente bonitas para echar un buen día andando de un lado para otro.

 

Vista panorámica a medio camino del trekking a Triund.

 

El punto fuerte viene con el trekking al pico de Triund. Es fácil de completar, pues son sólo 9 kilómetros desde el centro de McLeod Ganj, y aunque alguna parte pueda costar un poquito más que otra vale muchísimo la pena llegar hasta la cima y encontrarse con semejante paisaje a tus pies.